El desafío de maternar a cuatro humanos diferentes.
El primero es el sacudón.
El segundo, ya le vas agarrando la mano.
El tercero se cría solo.
El cuarto da igual. Vuela.
Estas frases hechas nos llegan todos los días.
No voy a negar que con cada nuevo hijo o hija, nos vamos volviendo más confiados. Eso hace que todo parezca más simple, que las cosas se resuelvan sin tanto drama. Ya casi no visitamos una guardia, salvo que haya un corte que no podamos coser en casa o una bolita adentro de la nariz que no podamos sacar (aunque primero lo intentamos con lo que tenemos al alcance de la mano, siendo sinceros).
Ya no nos asustamos por una tos o una fiebre pensando escenarios terribles. Aprendimos a observar.
Y ahí está el centro de todo. Observarlos.
Cuando empiezan con algún síntoma, nos limitamos a estar ahí, estando.
¿No lo llevaste a la pediatra? Me preguntan el mismo día que empieza con unas líneas de temperatura.
Aún no, no veo nada preocupante. Necesita tiempo. Tiempo de reposo, tiempo de crecer, tiempo de descanso, tiempo de ser visto. Si luego de pasado ese tiempo, que toda madre sabe cuál es en su hijo o hija, la fiebre no baja, aparecen otros síntomas, hay algo que nos preocupa, la intuición nos hace inmediatamente llevarlos al médico. Y hasta acá, en general, no nos hemos equivocado. Y si lo hicimos fue volviendo con la respuesta de: “Es un virus, hay que esperar”.
Cuánto nos cuesta la espera en estos tiempos.
Cuánto nos cuesta entender que si un cuerpo enferma necesita reposo. Y muchas veces no va de la mano de las 48 hs que una indicación pueda recomendar. Descansar, reponerse, fortalcerse.
Claro que crecer lleva tiempo. Tiempo que es preciso acompañar. En los momentos de energía plena, y en los momentos de recogimiento.
Es saber escucharlos y escucharnos.
Por supuesto, también tener siempre una pediatra de confianza para esos momentos en que ya nos excede la situación.
Volviendo al principio, ni el tercero se cría solo ni la cuarta vuela si no hay adultos disponibles para observarlos en su individualidad y necesidades, que son tan distintos como los melones arriba de un camión.